Han pasado algunos días desde aquella tarde en la terraza, desde el beso teñido de pintura y decepción que terminó por fundirse en algo parecido a una tregua. Y aunque no lo digo en voz alta, aunque no lo reconozco ni siquiera frente al espejo, lo cierto es que entre Alexander y yo se ha instalado una especie de calma.
No es paz absoluta, porque con él eso no existe; con Alexander siempre hay una corriente subterránea, un zumbido de tensión, una alerta constante que me mantiene al borde entre e