La habitación parece más pequeña que cuando la dejamos para desayunar. Apenas cruzo la puerta detrás de Alexander, siento que el aire se vuelve denso, como si el desayuno surrealista que acabábamos de vivir ha dejado una estela invisible flotando entre las paredes. Él camina directo hacia la cama, sin mirarme, con una rigidez en los hombros que me dice más que cualquier palabra.
Lo observo mientras deja caer la maleta sobre el colchón con un golpe seco. El sonido me sobresalta, aunque trato de