Todavía tengo en la piel el eco tibio de mi mañana, el roce reciente de Alexander, ese instante íntimo que me ha devuelto una sensación de refugio antes de enfrentar lo que estoy segura va a ser un nuevo día extraño en esta casa. Cuando bajamos juntos las escaleras, con el murmullo de la casa despertando, presiento que nada será sencillo, aunque no imagino exactamente con qué me voy a encontrar. No estoy acostumbrada al comportamiento de los padres de Alexander y por eso mi corazón late con una