El cálido sabor del vino se desliza por mi garganta, dejando un rastro suave y persistente que me obliga a cerrar los ojos por un instante. Los abro para sumergirme desde mi posición en el salón lleno de murmullos y risas contenidas que se hace un poco más ajeno después de superar la cena. Alexander ha desaparecido hace unos minutos, escaleras arriba, y yo me quedé aquí, sola, intentando mantener el equilibrio entre la curiosidad por su mundo y la incomodidad que aún me producen las miradas fur