Despierto con una sensación extraña, una especie de pesadez que no tiene nada que ver con el sueño. Intento moverme, girar un poco para acomodarme, pero algo me lo impide hacerlo. Mi corazón da un salto, y entonces siento un brazo masculino rodeándome, firme y cálido, y una respiración profunda justo detrás de mí. Por un momento, mi mente se queda en blanco. Luego, como si un relámpago atravesara mi memoria, salgo de la nube en la que estoy y recuerdo que no estoy en el ático, y no estoy sola.