No sé en qué momento empecé a asociar los viajes con la idea de una coreografía invisible. Los movimientos se repiten, las escenas parecen predecibles, pero siempre hay algo que rompe la rutina, un detalle inesperado que lo cambia todo. Esta vez, lo inesperado fue el todoterreno negro que aguardaba en el estacionamiento subterráneo.
Yo había imaginado el viaje en la limusina larga y silenciosa, que Alexander usa y que a mí me parece diseñada para disimular la incomodidad entre dos personas que