Despierto con la sensación de que me han pasado por encima varios trenes en plena marcha. El cuerpo me pesa, la cabeza me late con un ritmo sordo y molesto, y la garganta tiene un nudo áspero, como si hubiera gritado toda la noche. Abro los ojos lentamente, parpadeando contra la luz tenue que se filtra por las cortinas cerradas, y lo primero que hago es quedarme quieta, mirando el techo. No quiero moverme, no quiero enfrentar la realidad, mucho menos confirmar que lo que recuerdo es verdad.
Por