Salgo del edificio con el bolso colgado del hombro, sintiendo cómo el aire fresco de la mañana me golpea en la cara como un recordatorio de que, al menos afuera, puedo respirar. El cielo está limpio, de un azul casi impoluto, y la luz del sol se filtra entre los edificios altos, creando ese juego de luces y sombras que tanto me gusta observar.
La ciudad está empezando a desperezarse del todo. A mi alrededor, personas caminan con prisa, muchas con café en la mano y el teléfono pegado a la oreja.