Cuando abrí los ojos luego de un breve descanso, no podía quitarme de la mente la última imagen de Alan: tirado en el suelo, humillado, desangrándose. Sabía que no se quedaría de brazos cruzados, que su odio crecería hasta desbordarse.
Alan, con el rostro desfigurado y el cuerpo machacado, logró arrastrarse hasta alcanzar su teléfono.
—Karoline… ven a buscarme —le dijo con voz apagada, casi irreconocible—. Y trae un médico.
—¡Cariño! —contestó ella con ese chillido insoportable—. Pero por Di