Estaba en el atelier terminando de organizar unos bocetos cuando el sonido de la puerta abriéndose con brusquedad me hizo dar un salto. Alexander entró a grandes zancadas, con el rostro endurecido y los ojos fijos en mí. Su sola presencia a esa hora, cuando debería estar en medio de la auditoría de los Hamilton, me puso los nervios de punta.
— ¿Qué pasa, Alex? ¿Está todo bien? Pensé que te encargarías de la auditoría —le pregunté, dejando caer el lápiz sobre la mesa.
Él se acercó rápidamente y