Alan entró en pánico, lo noté en su rostro desencajado, en la forma en que sus ojos se abrían con un terror que no era capaz de disimular. Los hombres que habían irrumpido en la casa se acercaban peligrosamente hacia él, y, aunque intentaba mostrarse desafiante, sus manos temblaban. Me soltó de golpe, pero antes de hacerlo me lanzó una mirada que parecía una sentencia, una advertencia de lo que me esperaba. Yo, en cambio, sonreí con un aire triunfante. Había saboreado mi primera victoria.
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