La mañana siguiente a la conferencia de Billy Hamilton fue gris y pesada. Robert Vans llegó temprano a nuestra casa con dos técnicos del laboratorio suizo. No había tiempo que perder; el daño que Billy estaba causando en la opinión pública crecía cada hora y necesitábamos resultados científicos que nadie pudiera cuestionar.
— El equipo está listo, Aurora. Alexander ya coordinó todo para que entremos a la casa de Alan sin llamar la atención de la prensa —explicó Robert, revisando los maletines t