El grito de Ema hizo que mi cuerpo se tensara por completo, pero antes de que pudiera responder, Alexander se puso de pie de un solo salto. El golpe de su puño contra la mesa de caoba resonó en el comedor, un sonido seco y brutal que me hizo estremecer. El cristal de los vasos tembló y, por un instante, el silencio que siguió fue más aterrador que el grito de ella. Su voz, cuando habló, era un susurro frío que cortaba el aire como una cuchilla.
—¿Quién demonios te crees tú para venir a cuestion