Karoline estaba furiosa; sentía el odio recorrer su cuerpo y en su mente había un único pensamiento: vengarse de mí y recuperar el lugar que creía suyo. Sus tacones resonaban en el suelo de mármol mientras avanzaba por la mansión que un día Alan y yo compartimos. Ya se creía la señora de la casa, por lo que, para ella, que Alan la hubiera llamado por mi nombre mientras la besaba fue un golpe a su orgullo.
—Maldita, tengo que deshacerme de ti —se decía, con la rabia brotándole a borbotones—. Sig