Alan temblaba, el pánico se extendía por todo su cuerpo. Si lo que Luisa le había dicho era verdad, Karoline había estado envenenándolo. Ahora entendía por qué se sentía tan cansado, por qué sentía que su cuerpo no le respondía a veces.
—¡No puede ser! ¿Cómo pudiste atreverte, después de que te lo di todo, maldita? —repetía en voz baja, su respiración acelerada.
No había tiempo que perder. Era necesario averiguar qué tan cierta era la confesión de Luisa y cuál había sido el daño que el veneno l