Luisa, la empleada de confianza de Alan, se quedó petrificada al percatarse de lo que Karoline estaba haciendo. El destello de maldad que cruzaba el rostro de Karoline mientras manipulaba el plato no podría tratarse de nada bueno.
—¿Qué le está poniendo a la comida del Señor? —cuestionó Luisa, levantando la voz con una mezcla de miedo y autoridad.
Karoline se giró lentamente, una sonrisa cínica dibujada en su rostro.
—Cuida el tono con el que me hablas, gata estúpida.
—Le pregunté que qué le pu