El frío del hospital se me metía hasta los huesos. No importaba cuántas veces cruzara esos pasillos iluminados con luces blancas, siempre se sentía igual: un lugar en donde la esperanza y el miedo convivían sin tregua. Alexander caminaba junto a mí, pero su respiración agitada lo delataba; estaba al borde del colapso.
Yo también lo estaba.
Max seguía adentro, inconsciente, después de aquella caída que aún me dolía en la piel como si yo misma hubiera tocado el suelo en su lugar. No podía dejar d