El aroma a desinfectante y el blanco impersonal del pasillo del hospital apenas lograban enmascarar la tensión que flotaba en el aire. Max, con la palidez que aún conservaba de su reciente caída se recostaba contra las almohadas, una figura pequeña y vulnerable en la cama que, sin embargo, irradiaba una madurez inusual para su edad. Alexander, sentado a su lado, sostenía la mano de su hijo, la preocupación grabada en cada línea de su rostro.
—Papá… —comenzó Max, su voz un susurro que no logra