El regreso a la finca fue distinto a cualquier otro. El aire de la tarde parecía más liviano, los colores del paisaje más vivos. Caminaba junto a Alexander, y aunque ninguno decía nada, podía sentir cómo nuestras miradas se encontraban de vez en cuando. Él me observaba de soslayo, y yo, nerviosa, fingía mirar al frente.
De pronto, sonrió con complicidad. Una sonrisa franca, casi traviesa, que me desarmó.
Más tarde, ya en mi habitación, Mel irrumpió sin siquiera tocar.
—¡Vamos, cuéntalo todo! —e