El sol caía a plomo sobre los campos, el aire se sentía denso, cargado de polvo y el ruido ensordecedor de los cascos contra la tierra. Mel sostenía la mano de Max con desesperación, tratando de arrastrarlo fuera del camino de la estampida. El niño apenas alcanzaba a correr con sus pequeñas piernas, con los ojos desorbitados del miedo.
—¡Tía, tengo miedo! —gritó Max, aferrándose con fuerza a su mano.
—¡Tranquilo, pequeño, yo te protejo! —respondió ella, aunque su voz también temblaba.
De pronto