Esa noche, el aire dentro de la mansión se volvió denso, como si las paredes estuvieran absorbiendo todo el oxígeno. Estaba sentada en el borde de la cama, pero mi cuerpo no me pertenecía; mis manos temblaban de una forma que no podía controlar y un sudor frío me perlaba la frente. Sentía un vacío en el pecho, una punzada eléctrica que no era miedo, era algo más profundo, como si me hubieran arrancado un trozo del alma y apenas me estuviera dando cuenta.
—¡Aurora! Mírame, por favor, respira c