Desperté sintiendo una extraña quietud en mi pecho, como si la tormenta de la noche anterior hubiera dejado paso a una calma forzada por la propia necesidad de sobrevivir. Me quedé un momento mirando el techo de nuestra habitación, dejando que los hilos del presentimiento se enredaran en el fondo de mi mente mientras me obligaba a poner un pie tras otro. No podía permitir que el miedo me paralizara; necesitaba recuperar mi vida, mi esencia, y eso significaba volver a lo que amaba: el diseño de