La rabia ardía en mi pecho, imparable, incendiando cada fibra de mi ser.
—No tengo prometida —solté con voz firme—. Lo que tengo es una mujer de la cual estoy enamorado desde que estuvimos en la universidad.
Las palabras dejaron mi boca con el peso de una verdad innegociable. Pero en cuanto vi la sonrisa irónica de mi padre, comprendí que para él no significaban nada.
Dejó escapar una risa amarga, un sonido impregnado de burla y desprecio. Como si mis sentimientos fueran una insignificancia, un