El zumbido monótono del avión apenas era suficiente para ahogar el caos en mi mente. Afuera, el cielo se extendía en una inmensidad grisácea, con nubes que parecían absorber el último rastro de luz. Miré por la ventanilla, pero no vi nada, solo la distorsión de mis propios pensamientos reflejados en el vidrio.
Cerré los ojos.
No fue un acto consciente, sino una rendición. Y en cuanto lo hice, la imagen de Andrea irrumpió con la fuerza de un vendaval.
Mi esposa, con su cabello revuelto por el vi