El almacén de los Halcones de Acero no era un puesto cualquiera. Era un centro de distribución clave para su mercancía más valiosa: armas. Estaba fortificado, con vigilancia las 24 horas. Para los Salvetti, era un símbolo de su poder. Para Enzo Bourth, era solo el primer eslabón de una cadena que iba a romper.
No hubo advertencia. No hubo negociación. En la fría y húmeda madrugada montresaana, dos furgonetas sin placas se detuvieron a una manzana de distancia. Hombres vestidos de negro, con un