La tarde comenzaba a ceder ante la penumbra del atardecer, y el club de golf se llenaba de una atmósfera solemne, donde los grandes negocios se tejían entre conversaciones tensas y miradas calculadoras. Enzo, sentado al final de la larga mesa, observaba la reunión con una expresión tan fría como las paredes de la mansión que aún gobernaba. A su alrededor, hombres de poder —Massimo, Mateo, Paolo, Emilio, Santino y Albertina— intercambiaban opiniones sobre los próximos pasos en un proyecto que no