Enzo llegó al restaurante con la misma elegancia de siempre, aunque con la apatía que parecía ser parte de su esencia. Vestido con un traje impecable, su porte seguro contrastaba con la atmósfera cálida del lugar, donde Albertina lo esperaba ya sentada. Su vestido negro ajustado resaltaba sus curvas, y su maquillaje perfecto sugería que había invertido tiempo en prepararse para la velada. Sin embargo, Enzo no pareció notarlo.
—Llegaste —dijo Albertina con una sonrisa que intentaba ser natural,