Enzo estaba al borde de la desesperación.
El día había sido un caos sin Sofía organizando su agenda, y aunque su eficiencia era indiscutible, el estrés se acumulaba con cada minuto que pasaba.
Pasó una mano por su cabello, exhalando con frustración mientras revisaba unos papeles.
Y entonces, la puerta de su oficina se abrió sin previo aviso.
Sin necesidad de alzar la vista, soltó un gruñido.
—¿Quién diablos dejó la puerta abierta?
—No me gustan las puertas cerradas, amor.
Su tono era tan descar