Una hora después…
Cuando Enzo regresó, su oficina estaba en un absoluto silencio.
Excepto por el suave sonido de una silla girando.
Alzó una ceja y cerró la puerta con calma, observando a Amatista girar lentamente en su silla de cuero, como si fuera una niña jugando.
Una niña demasiado hermosa y peligrosa para su paz mental.
—¿Te divertiste? —preguntó con diversión.
Amatista se detuvo, apoyando los pies en el suelo, y lo miró con una sonrisa inocente.
—Me estaba entreteniendo mientras volvías.