La noche transcurrió sin interrupciones.
El mundo fuera de la habitación dejó de existir para ellos, envueltos en la calidez de su cercanía, en el ritmo acompasado de sus respiraciones.
Amatista, acurrucada sobre Enzo, se entregó por completo al sueño, con su mano aún apoyada sobre su pecho y su rostro rozando la curva de su cuello.
Él, en cambio, se quedó despierto un poco más, disfrutando del peso ligero de su esposa sobre él, del aroma de su cabello impregnando el aire, de la sensación de su