El cambio de vehículo fue rápido, brutal y calculado para desorientarla. De la furgoneta opaca a la camioneta con olor a pescado podrido, Amatista fue arrojada como un fardo más. La oscuridad era ahora diferente, el ruido del motor más estridente, pero el miedo permanecía, agudizado por la incertidumbre. Ya no estaba Isis para envenenarla con sus palabras, pero su ausencia era en sí misma un mensaje: la parte personal había terminado. Ahora solo quedaba la maquinaria fría del secuestro.
Apretó