Fiebre en la Madrugada

La habitación estaba sumida en penumbras cuando Amatista abrió los ojos, inquieta. Algo no andaba bien. Miró hacia Enzo, notando que su respiración era irregular y su frente perlada de sudor. Al tocarlo, su piel ardía.

—Enzo... —susurró, con un tono preocupado, acercándose más a él.

Él apenas abrió los ojos, murmurando algo inaudible. Amatista no perdió tiempo y bajó rápidamente a buscar paños y agua fresca para bajar la fiebre. En su camino, se dirigió al cuarto de Roque. Golpeó suavemente, y
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