El día del viaje había llegado, y la mansión Bourth estaba sumida en un inusual ajetreo mientras Enzo y Amatista se preparaban para partir. A pesar de las insistencias de Enzo para tomar un vuelo privado, Amatista se negó rotundamente. La sola idea de volar la ponía incómoda, así que él, como siempre, cedió ante su deseo.
—Ocho horas en auto no son nada si puedo pasarlas contigo —dijo Enzo, con una sonrisa tranquila, mientras cargaba las últimas maletas en la parte trasera del vehículo.
Amatist