La habitación estaba llena de risas, comentarios ingeniosos y el sonido inconfundible de tornillos cayendo al suelo. Massimo sostenía una pieza de la cuna como si fuera un rompecabezas incomprensible, mientras Paolo intentaba interpretar las instrucciones con una expresión de absoluta confusión.
—¿Esto es un manual o una receta de cocina? No entiendo nada —bromeó Paolo, mirando a Emilio, quien estaba claramente frustrado.
—Si tú no entiendes, imagínate yo, que nunca he armado ni una estantería