Mundo ficciónIniciar sesiónCuatro años de silencio. Una memoria borrada. Una deuda que se pagará con piel. Kurt Spencer entró en prisión como un artista y salió como un arma. Traicionado por la justicia en manos del hombre que le robó la libertad y abandonado por la mujer que juró amarlo, Kurt solo tiene un objetivo. Reclamar lo que es suyo. Leah Neville vive una vida perfecta junto al fiscal estrella de la ciudad. No tiene recuerdos, no tiene pasado, y no sabe que su "esposo perfecto" es el carcelero de su mente. Pero cuando un fantasma de ojos gélidos la arrastra a las sombras, su cuerpo reconoce lo que su mente olvidó. Él no busca perdón. Ella no recuerda el pecado. "Lo juraste, Leah. Y las promesas hechas en mi cama se cumplen... o se destruyen". ¿Podrá Kurt recuperar los recuerdos de la mujer que ama o sucumbira ante el deseo y olvidará por que volvió?
Leer másPOV KURT SPENCER
La libertad no sabe a gloria. Sabe a hierro, a asfalto caliente y a una sed de venganza que cuatro años de muros de hormigón no lograron aplacar. Cuando los portones de la Penitenciaría de Blackwood crujieron al cerrarse tras de mí, no me detuve a respirar el aire puro. Para mí, el aire de afuera estaba tan contaminado como el de mi celda, infectado por la gran mentira que me había devorado y arrancando cada uno de mis sueños y la felicidad que pensé tener. Me quedé de pie en la acera, sintiendo el peso de mis propios huesos. Soy un hombre de veintiocho años, pero hoy siento que he vivido un siglo de guerras, en la podredumbre de una justicia que a mi me dio la espalda y me hundió sin compasión. Apreté los dientes, un hábito que se volvió mi único consuelo en la oscuridad. El uniforme gris de recluso había quedado atrás, reemplazado por unos vaqueros desgastados y una camiseta negra que se ajustaba a mis hombros con una tensión violenta. Las canteras y las peleas por sobrevivir en las duchas habían esculpido mi cuerpo; ya no soy el chico impulsivo que solía ser. Ahora soy una masa de músculo fibroso y cicatrices, un arma de guerra que se negó a romperse. No tengo nada. Ni una maleta, ni una dirección a la cual llamar hogar, ni un solo billete en el bolsillo que no fuera la limosna que el estado me entregó al salir. Mi padre murió antes de mi segundo año de condena, y mis supuestos amigos se dispersaron como ratas, se olvidaron de la lealtad y la fraternidad qué me juraban cuando el fiscal Peter Grayson me hundió. Pero tengo algo más valioso que el dinero: tengo un objetivo. Un nombre que grabé con un clavo oxidado en la pared de mi celda hasta que mis dedos sangraron. Leah. Caminé hacia la parada de autobús con un paso pesado, dominante. La gente se apartaba a mi paso por puro instinto animal. Sabían, con solo mirarme a los ojos, que no deberían cruzarse en mi camino. Mi mirada azul glaciar ya no guardaba piedad, ni compasión de nadie. Me lo habían arrebatado todo, me habían desechado como si mi existencia nunca valió lo suficiente. Seis horas después La ciudad de Oakhaven luce asquerosamente perfecta. Las luces de neón y los escaparates de lujo reflejan una opulencia que yo había olvidado. Me siento como un espectro caminando entre los vivos, una sombra que nadie quiere ver. Me detuve frente a la imponente verja de hierro de la residencia Neville. Esa mansión neoclásica se alzaba sobre la colina como un trofeo de guerra, gritando a todo el que pasara por allí que era basura ante la pomposidad de su apellido. Me oculté en la penumbra de los robles, sintiendo cómo mi pecho subía y bajaba con una respiración pesada, contenida. Entonces, las puertas de cristal del balcón principal se abrieron. Mi corazón, ese órgano que creí convertido en piedra, dio un vuelco que me dolió en el alma. Leah salió al aire de la noche. Se veía etérea, casi irreal. Llevaba un vestido de seda color esmeralda que fluía sobre sus curvas como agua. Su cabello... ese cabello que solía enredar en mis puños durante nuestras noches más salvajes, caía en ondas perfectas sobre sus hombros. Pero no estaba sola. Peter Grayson apareció tras ella. El hombre que me robó la libertad, el fiscal que manipuló las pruebas, rodeó la cintura de Leah con una posesividad que me hizo ver rojo. Se inclinó para besarle la sien, y entonces sucedió lo que terminó de romperme: Leah se giró y le dedicó una sonrisa. Era una sonrisa dulce. Una sonrisa de paz. La sonrisa de una mujer que amaba al hombre que la sostenía. Cerré los puños con tanta fuerza que mis uñas se clavaron en mis palmas. Sentí el calor de la sangre brotando de mis viejas cicatrices. ¿Cómo podía sonreírle a él? ¿Cómo podía mirar con esos ojos llenos de luz al hombre que me enterró en vida? El dolor disparó un recuerdo que guardé como un talismán maldito durante 1,460 noches de soledad. Flashback Hacía calor en mi viejo apartamento. Un calor que pegaba nuestros cuerpos en la penumbra. Yo la tenía inmovilizada contra la pared, sujetando sus muñecas por encima de su cabeza. Mi respiración era errática, mi necesidad de ella era una enfermedad. Siempre fui dominante, exigente, reclamando su alma con una intensidad que a cualquier otra mujer habría asustado, pero a ella... a ella la hacía arder. —Kurt... —había gemido ella, su voz rompiéndose mientras yo hundía el rostro en su cuello para marcar su piel con mis labios—. No importa lo que pase. No importa lo que el mundo diga de nosotros… Ella se soltó de mi agarre solo para rodear mi cuello con fuerza, obligándome a mirarla. Sus pupilas estaban dilatadas, llenas de una devoción que rozaba la locura. —No importa qué suceda, Kurt Spencer... yo nunca te olvidaré. Fin del Flashback El presente me golpeó con la fuerza de un puñetazo. En el balcón, Leah apoyó su cabeza en el hombro de Peter Grayson. No había ni rastro de dolor en ella. No quedaba nada de la mujer que prometió amarme por encima de todo, que juró jamás olvidarme. Ahora estaba allí en brazos de otro siendo feliz. —Me mentiste —susurré en la oscuridad, y mi voz sonó como un rugido bajo, cargado de una perversidad nueva—. Dijiste que nunca me olvidarías, Leah. Juraste que tu cuerpo y tu alma eran míos. Observé cómo Peter la conducía de regreso al interior, dejándome en la más absoluta penumbra. Una sonrisa ladeada, fría y peligrosa, apareció en mis labios. Yo sabía lo que venía ahora. Había pasado cuatro años planeando cada segundo de esta noche. Si ella decidió borrarme de su vida , yo me encargaría de grabar mi nombre de nuevo en su piel, con caricias que quemen y una pasión que le recuerde a quién le pertenece realmente. —Lo juraste, Leah —dije, ajustándome los guantes de cuero negro. Mi mirada se volvió de hielo—. Y yo estoy aquí para recordarte que las promesas se cumplen. Aunque tenga que quemar tu mundo perfecto para que recuerdes el mío. Me aleje de la verja, pero con la firme convicción de ellos tampoco serían felices. —Me arrebataron mi mundo y tú lo permitiste, de hecho estás con el responsable de eso. Voy a recuperar lo que me quitaron y tu Leah serás lo primero, no importa como pero serás mía, justo como prometiste.POV LEAH NEVILLEEl frío del metal contra mi espalda era lo único que me recordaba que seguía viva.Minutos antes, estaba rodeada de risas, copas de cristal tallado y el perfume caro de la élite de Oakhaven. Ahora, el aire me faltaba. El cuarto de servicio olía a productos de limpieza y a algo mucho más perturbador: el aroma de un hombre que parecía haber salido de las entrañas de la tierra para reclamarme.—¿Quién eres tú? —mi voz salió como un hilo quebrado, un susurro que se perdió entre el pecho de ese extraño y mi propia agonía.Él no respondió de inmediato. Sus ojos, de un azul tan gélido que me quemaba la piel, me recorrieron con una intensidad que me hizo temblar. No era la mirada de un secuestrador común; había algo en la forma en que apretaba su mandíbula, una mezcla de odio purulento y una familiaridad que me revolvía el estómago.—Shhh... —siseó. Su mano, grande y callosa, volvió a presionar mis labios. No me lastimaba, pero su fuerza era absoluta—. Si gritas, si inte
POV KURT SPENCER Flashback de hace 4 añosHay momentos en la vida que se quedan grabados en la retina como una fotografía quemada. Para mí, ese momento tiene el olor del aceite de motor, el sabor de la cerveza barata y el sonido de un cristal estallando contra el pavimento.Esa noche, yo no era el bloque de hielo que soy ahora. Era un tipo de veintiséis años con demasiada confianza y un pincel que sabía capturar la oscuridad mejor que nadie. Me ganaba la vida como pintor independiente, vendiendo cuadros que incomodaban a los ricos y haciendo trabajos que mis "amigos" del barrio preferían no documentar. Tenía talento, pero mis pies siempre estaban demasiado cerca del fango.Estaba en mi departamento, terminando de ajustar mi chaqueta de cuero negra frente al espejo. Elian y los demás me esperaban en El Antro, un lugar donde las reglas eran sugerencias y el boxeo clandestino era la religión local. Estaba a punto de salir cuando el sonido de la llave en la cerradura me detuvo.Solo
POV KURT SPENCERLa lealtad es una palabra que suena muy bien en las películas, pero que en las calles de Oakhaven tiene el mismo valor que un billete falso. Cuatro años me bastaron para entender que los "hermanos" de sangre no son los que juran morir por ti en una noche de alcohol, sino los que se quedan cuando el mundo decide escupirte.Caminé por el callejón trasero de The Velvet, el club nocturno más exclusivo de la zona norte. El olor a perfume caro, sudor y tabaco impregnaba el aire, trayéndome recuerdos de una vida que ya no me pertenecía. El portero, un tipo con el cuello más ancho que su cerebro, intentó cerrarme el paso, pero bastó una mirada de mis ojos cansados para que retrocediera. La cárcel te da un aura que el gimnasio no puede comprar: el aura de alguien que no tiene nada que perder.Subí a las oficinas de la planta alta sin llamar. La puerta de roble se abrió bajo mi empuje y me encontré con Elian. Estaba sentado tras un escritorio de cristal, contando fajos de bi
POV KURT SPENCER La libertad no sabe a gloria. Sabe a hierro, a asfalto caliente y a una sed de venganza que cuatro años de muros de hormigón no lograron aplacar. Cuando los portones de la Penitenciaría de Blackwood crujieron al cerrarse tras de mí, no me detuve a respirar el aire puro. Para mí, el aire de afuera estaba tan contaminado como el de mi celda, infectado por la gran mentira que me había devorado y arrancando cada uno de mis sueños y la felicidad que pensé tener. Me quedé de pie en la acera, sintiendo el peso de mis propios huesos. Soy un hombre de veintiocho años, pero hoy siento que he vivido un siglo de guerras, en la podredumbre de una justicia que a mi me dio la espalda y me hundió sin compasión. Apreté los dientes, un hábito que se volvió mi único consuelo en la oscuridad. El uniforme gris de recluso había quedado atrás, reemplazado por unos vaqueros desgastados y una camiseta negra que se ajustaba a mis hombros con una tensión violenta. Las canteras y las pe
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