La conversación entre los socios continuaba, fluyendo entre negocios y comentarios banales. Enzo participaba con su característica autoridad, pero sin soltar a Amatista en ningún momento. Su mano se mantenía sobre la suya, sus dedos acariciaban distraídamente su piel, como si fuera un recordatorio constante de su presencia.
Amatista, por su parte, permanecía tranquila, apoyada en él mientras conversaba en voz baja con Emilio, aislándose del resto.
—¿Sabes? —dijo ella con una sonrisa juguetona—.