ISABELLA
No abrí el correo de inmediato.
Durante varios segundos me quedé sentada frente a la pantalla, con una mano sobre el mouse y la otra apretando el borde del escritorio, como si el mensaje pudiera cambiar si lo miraba el tiempo suficiente. Era absurdo, por supuesto. Un correo no cambiaba por miedo, ni desaparecía porque una parte de mí se negara a leerlo. Seguía allí, en la bandeja de entrada, con mi nombre en el encabezado y aquel asunto que reconocí antes de permitirme leerlo completo.