ISABELLA
No recuerdo cuánto tiempo permanecí sentada frente a Sarah después de que terminó de hablar. Quizá fueron segundos, quizá minutos. La oficina estaba en silencio, un silencio incómodo, pesado. Y por primera vez desde que había entrado allí no sabía qué decir.
Porque quería odiarla. Dios sabía cuánto quería odiarla. Quería decirle que estaba loca, que estaba mintiendo, que había inventado toda aquella historia para justificar lo que había hecho. Pero no podía. Porque conocía a mi padre.