REBECA
La habitación del hospital estaba en una calma tensa, yo tenía a Rogelio pegado a mi pecho y Héctor no se había movido de la silla junto a mi cama. Tenía las ojeras hasta el cuello, pero no dejaba de mirar al bebé como si fuera un milagro. De repente, la puerta se abrió de par en par, Rogelio y Sarita entraron casi corriendo, seguidos de cerca por la madre de Héctor.
—¡Mija! ¡Ya nos dejó pasar el enfermero! —gritó Rogelio, acercándose a la cama con los ojos rojos de tanto llorar—. ¡Déjam