REBECA
—¡Rogelio Stein, bájate de esa barda ahora mismo o le hablo a tu abuelo para que venga por ti! —grité, sosteniéndome de la base de la espalda mientras el calor de la Ciudad de México me pasaba factura.
Mi hijo de doce años, que ya me pasaba el hombro y tenía los mismos ojos intensos y la percha altiva de su padre, se bajó de un salto ágil, sonriendo con esa maldita simpatía norteña que desarmaba a cualquiera.
—Tranquila, mamá. Solo estaba alcanzando el dron de Leo —se justificó el preado