REBECA
—¡Rogelio, no le jales la cola al perro! —le grité, corriendo sobre el pasto del parque con los tenis a punto de salirse.
Mi hijo, que ya había cumplido los dos años y caminaba con una velocidad digna de un atleta olímpico, soltó una carcajada fuerte. Llevaba unos tenis miniatura, unos jeans y una playera con un dibujo de un vikingo animado que Héctor le había mandado traer de Alemania. El niño ignoró mi orden por completo, dio media vuelta y corrió directo hacia donde su padre acomodaba