REBECA
El silencio en el trayecto de regreso al departamento era absoluto, la imagen de Claudia y su hijo seguía grabada en mi mente, pero ya no me causaba dolor, sino una náusea profunda por haber desperdiciado años con un hombre que no tenía alma. Héctor no soltó mi mano ni un segundo; su agarre era firme, como si temiera que me fuera a quebrar, pero yo me sentía más entera que nunca.
Al entrar mi madre ya nos esperaba en la sala, alertada por mi padre. En cuanto nos vio, corrió a abrazarme.