57 UNA ARDIENTE RECONCILIACIÓN

REBECA

En cuanto la puerta de la habitación de huéspedes donde dormirán mis padres se cerró, el aire en la sala cambió, dejando un hambre voraz entre Héctor y yo. Él no esperó a que yo dijera nada; me tomó de la cintura y me pegó a su pecho con una fuerza que me hizo soltar un jadeo. Sus ojos grises, antes fríos como el hielo alemán, ahora ardían con una promesa de posesión total.

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