HEKTOR
Me serví el cuarto whisky de la noche, ignorando que el reloj en la pared apenas marcaba las diez. Me senté en la orilla de la cama, mirando el espacio vacío donde Rebeca solía dejar su libro antes de dormir. Mandarino entró a la habitación con paso lento, saltó al colchón y se quedó mirándome con sus ojos amarillos, fijos y acusadores. Cuando intenté acercar mi mano para tocarlo, el gato soltó un bufido agudo y me lanzó un zarpazo que me abrió un surco rojo en el dorso de la mano.
—¡Mal