REBECA
El motor de la camioneta se esforzaba por subir la última pendiente antes de llegar a la finca. Majo no había soltado el volante en horas y yo me limitaba a mirar cómo la neblina se tragaba el camino detrás de nosotros, el frío se sentía diferente aquí, más pesado, de ese que se te mete en la piel.
—Llegamos flaca, de aquí en adelante solo somos nosotras —dijo Majo, rompiendo el silencio del auto al cruzar la entrada.
—Me sorprende que tengas un lugar así de apartado y no me lo hubieras