Capítulo 86

Un gruñido gutural le respondió. No de amenaza, sino de reconocimiento. Las orejas del lobo se movieron, su nariz olfateó el aire, y luego lentamente, levantó la mirada.

Esos ojos rojos, bestiales, se posaron sobre ella. Por un segundo no hubo ruido, ni movimiento, solo la conexión invisible que siempre los había unido. Su lobo la veía… y aunque no entendiera todavía, sabía.

—Estoy aquí —dijo Calia con voz quebrada, aferrándose a los barrotes—. Estoy viva, y tú también. No importa lo que haya p
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