El viejo convento se alzaba como un eco del pasado entre los árboles que el tiempo no había logrado devorar del todo. La piedra seguía firme, aunque desgastada. El musgo cubría parte de las paredes, y el silencio era tan denso que cada paso sobre el suelo polvoriento se sentía como una ruptura en la quietud sagrada.
Nadie había vivido allí en años.
Cuando Calia cruzó la puerta principal, lo supo de inmediato. El olor a humedad, madera vieja y ceniza de candelabros apagados hablaban de un lugar