—Prométeme que no te perderás en esa oscuridad otra vez —susurró.
Aleckey asintió, sin palabras. Luego colocó una mano sobre su vientre, acariciándolo lentamente con un ronroneo suave que nació en su garganta.
—Este será el lobo que nos recordará por generaciones —dijo—. Y juro que nunca lo dejaré crecer en un mundo regido por un impostor.
Calia cerró los ojos, escuchando los festejos, los cantos salvajes, los crujidos del fuego. Allí, en la tierra de los lobos más primitivos, con su lobo alfa