La tarde había caído con una melancolía húmeda. El cielo, grisáceo y bajo, parecía aplastar las casas del barrio como un recuerdo que no se disipa. Clara estaba sentada en el pequeño jardín trasero, envuelta en una manta, con una infusión entre las manos. El vapor se elevaba perezoso, igual que sus pensamientos.
Su padre apareció en silencio, como solía hacer. Sin interrumpirla, se sentó a su lado, en la otra silla de mimbre, con la espalda algo encorvada por los años y la mirada clavada en el