La encontró en el parque, justo frente al centro cultural, sentada en uno de esos bancos de hierro forjado con respaldo incómodo y vista a los cerezos. Martina tenía el móvil en la mano, pero no escribía. Solo lo sostenía, con la mirada perdida en el cielo plomizo de aquella mañana que no terminaba de decidir si llover o no.
Mateo se sentó a su lado sin decir palabra. Ella no se sorprendió.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó, sin girarse.
—He hablado con Gonzalo.
Martina rodó los ojos.
—No me digas.
—